Cuestión de estilo

Decía Francisco Umbral que “en Madrid no hay nadie que te dé un almuerzo, unas patatas fritas, unos salmonetes, pero todo el mundo te daba un martini gratis para que te metieses algo en el cuerpo. El martini yo creo que se había puesto de moda cuando la guerra de Madrid, y luego la gente ya no necesitaba robarlo, sino que se lo daban espontáneamente al que empezaba a ser famoso”. Estas palabras del que se ha definido como el mejor prosista en castellano del siglo pasado, que vivió a caballo entre la literatura y el periodismo”, dejó en su obra ‘Amado siglo XXI’ una lectura para no ser “historiadores de lo grande, sino cronistas de lo minutísimo” con la advertencia de que “impera lo insignificante y se define al hombre por un arranque o un crimen más que por la constante de la vida”.

Y aunque pudiera parecer paradójico los actos del día a día, el minutísimo que diría Umbral, tienen una gran importancia en el ser humano, especialmente, cuando ha puesto fin, como ocurre ahora a la gran mayoría de los españoles, a su periodo vacacional, etapa que la dirección de las empresas ve más como “recargar pilas” que un descanso y una pasividad sin límites, que lleva nuestros cuerpos a un aplatanamiento, que después se tarda en recuperar.

Pero cuando llega la hora de la fatalidad, es decir, la incorporación al trabajo no hay que asustarse. Pasados los primeros cafés de la mañana, los comentarios sobre los ajustes llevados a cabo durante las vacaciones de los líderes sindicales de la empresa, que a veces tampoco pintan mucho en las decisiones importantes, y el primer contacto con el trabajo, se advierte la llegada de la hora del tentempié, que ya teníamos olvidado porque nosotros mismos marcábamos la hora de comer u obstaculizábamos la propuesta por la familia.

La desdicha laboral nos conduce por caminos pedregosos hasta encontrar el saludo afectuoso del camarero que día a día nos atiende, a excepción de sábados, domingos, festivos y agosto. El reencuentro aviva el deseo de que todavía es pronto para dejar los hábitos adquiridos durante el periodo estival y recuperar nuestras costumbres. ¿Qué mejor que un martini? Esa palabra que Franscisco Rico, filólogo y académico de la Lengua Española, lucha en solitario por introducir en el diccionario de la RAE.

El vermú, palabra que sí está reconocida y no alude a ninguna marca en especial, es un vino aromático suave, mezclado con extractos naturales, que abre el apetito lo cual lo convierte en un aperitivo de consumo mundialmente extendido. Baste citar a Heminguay, Churchill, Clonney, o cualquier actor que dé vida a James Bond.

Además su degustación nos transportará al borde de la piscina, a las playas paradisíacas, o a los miradores de los dieciochomiles más disputados del mundo, siempre acompañados de los mejores cuerpos que habitan la tierra, tal y como año tras año representan los anuncios de la empresa Martini. En definitiva, una cuestión de estilo. | José L. Conde

Cóctel Gibson

Ingredientes:

1 cl. de Martini extra dry

5 cl de ginebra de Bombay Sapphire

Una cebollita para decoración

En un vaso mezclador se introducen cubitos de hielo que se remueven. Luego se introducen el Martini y la ginebra, se mezclan bien y se sirven en una copa, con una cebollita como decoración. La copa debe ser previamente enfriada de tal manera que rezume humedad.