Pierre Rèsimont brinda con los invitados a 50 metros de altura

Pierre Rèsimont brinda con los invitados a 50 metros de altura

Yo no quería subir. La idea de almorzar, aunque fuera con un estrella Michelin en una plataforma suspendida en el aire a 50 metros de altura no me seducía nada, pero nada.  Cometí el error de acudir a la cita en el hotel Bahía del Duque a ver cómo iba a ser esa experiencia, eso sí vista desde el suelo.

Motivado, entre comillas, por los otros asistentes al almuerzo me acerqué hasta la plataforma para saludar a Pierre Rèsimont, chef belga, y a Erika Sanz, sumiller del Solana. Mientras lo saludo, un operario, me indica que me siente en la silla, copiada de los Fórmulas 1, para que vea son cómodas a la vez que me comienza a sujetar con el arnés y piso un reposapiés alargado porque suelo no hay. Ya sin valor para dar marcha atrás me resigno con la mirada puesta en la cubitera, colocada a metro y medio, como tabla de salvación. El chef nos explica que primero subimos diez metros para ir cogiendo sensaciones. A esta altura brindamos con una copa de champagne Taittinger y degustamos una espuma de foie caramelizado y manzana verde y empieza una ascensión a los cielos, que ni te enteras, hasta que llegas arriba.

De repente ves como la sudoración en las manos se incrementa, la sangre te hierve, y miras de reojo al suelo y juras por Dios que será la última vez. Rèsimont insiste en levantar las copas de champagnes y brindar por la salud de los presentes en francés y en español a la vez que da brincos de guerra en la plataforma, que, aunque pesa 7 toneladas, se mueve con sus aguerridos saltos. Luego viene la crema de ceps, con castañas ahumadas, el tonnato de tenera y la fideuá de bogavante, todo armonizado con los vinos de Chivite y alguna copa de champagne, que amigablemente colaba Erika, quien desafiaba a las alturas posando con una copa al borde de la cabina como si estuviera en la salida de un maratón a los que está más que acostumbrada.

La cabina con los comensales, en pleno ascenso

La cabina con los comensales, en pleno ascenso

Rèsimont insiste en seguir saltando y brindando, mientras le ayuda Joseba Llarena en sus tareas culinarias, hasta que de repente la plataforma empieza a recorrer el mismo camino en sentido contrario y notas que respiras más profundamente, como con sensación de alivio. Tocas suelo y el personal del Bahía del Duque se acerca a la plataforma…. con los platos del postre, tarta de limón y merengue, y mientras buscas el cierre del arnés porque crees que todo ha terminado empieza de nuevo otra ascensión, un poco más rápida que la anterior, pero con la sensación de que el sosiego parece que no llega nunca.

Rèsimont vuelve a coger la batuta de la animación, más brindis y más saltos y, por fin, a descender de los cielos. Pero con el regusto de que yo, pese a todo, me hubiera tomado una copa o dos más de champagne allá arriba. | J. L. Conde

Share