Agustín Santolaya y Toño Armas, durante la cata de Bodegas La Horra | Foto: C. Ruano

Agustín Santolaya y Toño Armas, durante la cata de Bodegas La Horra | Foto: C. Ruano

Agustín Santolaya cautiva a un público que se bebió la historia de Bodegas La Horra

El título es un poquito exagerado porque la que esto suscribe no es una abstemia irredenta, pero en las salidas nocturnas (o diurnas) para comer y beber siempre es la elegida para conducir, lo que la condena a la abstinencia alcohólica por obra y gracia de Stevie Wonder y la Dirección General de Tráfico.

Pese a esta circunstancia y por no hacerle el feo a Toño Armas, copropietario de El Gusto por el Vino, allí estaba yo, en primera fila, con un montón de copas delante y dispuesta a catar todos los vinos con cara de circunstancias. Es decir, que no se notara que no tenía ni idea.

Pero en eso llegó Agustín Santolaya, director general de Bodegas La Horra y Bodegas Roda y aún sin probar gota de vino alguno cautivó a todo el público presente en la cata, tanto que el acto que debía terminar a las ocho de la tarde se prolongó hasta las nueve y nos dejó con cara resaca y ganas de seguir escuchándolo.

Nueve copas fueron suficientes para bebernos la historia de Bodegas La Horra de golpe. Por ellas desfilaron las añadas de Corimbo (2009, 2010, 2011, 2012 y 2013) y Corimbo I (2009, 2010, 2011 y 2012). Santolaya ejerció de geógrafo y climatólogo para situarnos en los viñedos donde elabora el vino, nos habló de los vientos, de la brisa del cantábrico, de la meseta, de la altitud y del frío -y de paso dijo que recordará haber venido a Canarias a comprarse un jersey cuando lo llevaron a La Laguna, ciudad de Invernalia- y de cómo esas condiciones marcan el carácter de los vinos de La Horra.

La historia de Bodegas La Horra, en nueve copas | Foto: C. Ruano

La historia de Bodegas La Horra, en nueve copas | Foto: C. Ruano

Luego nos dio una lección de botánica, al contarnos los problemas para registrar la imagen de la bodega, que querían que fuera una flor de cardo, como la que ya tenían en Bodegas Roda y que no le admitieron, porque una cosa es el cardo de La Rioja y otra el de Ribera del Duero. Así que, puestos a patear el monte, los viñedos y los alrededores y descartadas las umbelas, espigas y racimos, dieron con el corimbo, que es un cardo muy democrático y tiene todas las flores al mismo nivel. Y el corimbo dio nombre a los vinos…

Porque esa es otra historia. De idiomas y de expansión internacional -trabajan en 55 países-, así que preguntaron a los de fuera qué les parecía el nombre de La Horra y la respuesta fue que era demasiado transgresor y según en qué sitio sonaba a horror y a meretrices, por decirlo finamente. Sin embargo, corimbo, en japonés venía a ser algo así como un bosque frondoso y que huele muy bien.

Y allí estábamos, cómodamente instalados en el bosque, cuando Agustín Santolaya nos hizo un repaso histórico de las añadas. Las de 2009, 2010 y 2011, excelentes y las de 2012 y 2013 muy diferentes; nos habló de una sequía importante, del estrés hídrico que sufrieron las viñas, de la maduración impecable y de cómo la planta se adapta y produce un vino con gran equilibrio… Y de cómo el cambio climático ha sentado bien a la tempranillo (que es una uva, por si o lo saben) y ha producido más añadas excelentes -que el empollón de turno se dedicó a cantar durante la cata- en las últimas décadas.

Luego el director general de Bodegas La Horra y Bodegas Roda sacó su vena de productor de vino y, copa en mano, nos habló de levaduras salvajes, de roble americano y francés, de los taninos, de frutas negras, del monte bajo y otras cosas que se podían apreciar en el gusto en boca y que yo, dada mi condición de abstinencia prolongada no supe dónde encontrar. Tampoco insistí mucho ante el temor de beber demasiado y salir de la sala entusiasmada entonando cantos regionales, lo que hubiera avergonzado sobremanera a Toño Armas.

Pero el caso es que los vinos estaban buenos. Muy buenos diría yo, que soy casi abstemia. Y hubo una frase que de Santolaya que me gustó especialmente porque refleja el placer de beber vino: “Al Corimbo I hay que esperarlo más en la copa”. Así que me plantaré en casa delante una copa, a esperarlo sin prisas y disfrutarlo con la misma pasión que Santolaya, que vive en una viña y hace vino desde muy pequeño, nos transmitió a todos. | Carmen Ruano

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